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viernes, 7 de agosto de 2015

Noches de reyes a saltos

El sapo andaba atareado y nervioso, revolviendo entre los yuyos y juntando cosas. No tenía tiempo casi ni para saludar.

-Esta noche vienen, ¿eh, don Sapo? -preguntó el coatí.

-Ay, don Sapo, no veo la hora de que lleguen -dijo la paloma.

-No sé si voy a poder dormir esta noche -dijo la iguana.

-Bah -dijo la lechuza-, ése es un sapo mentiroso. Seguro que les anduvo contando el cuento de los Reyes Magos.

-Don Sapo nos dijo que esta noche van a venir con regalos- contestaron el coatí y la paloma.

-¿Sí?- dijo la lechuza-, y también les habrá dicho que vendrán montados en camellos. ¿Me quieren explicar cómo hacen los camellos para cruzar el mar? ¿A que eso no les dijo?

-Claro que sí. Nos contó que había sido un problema, y por eso ahora vienen montados en sapos, que sí saben cruzar el mar. A saltos, claro.

-¿Y para cruzar las montañas? ¿Los sapos saben cruzar las montañas? ¿A que eso no les dijo?

-Sí nos dijo, sí nos dijo. Andan todo el día a los saltos para practicar el cruce de las montañas. Ésa es la forma de cruzarlas, a saltos.

-Bah- dijo la lechuza-, ése sapo es un mentiroso. ¡Miren si los Reyes Magos van a cambiar los camellos por sapos! ¿Alguien los ha visto montados en sapos? ¿A que eso no les dijo?

-Sí nos dijo, claro que sí. Nadie los vio porque los sapos no hacen ruido al saltar y llegan despacito cuando todos están dormidos. Los camellos hacen mucho ruido.

-Bah -dijo la lechuza-, se van a quedar con las ganas porque esta noche no va a venir nadie.

En la noche brillaba una luna redonda y blanca. El coatí, la paloma, el quirquincho y mil animales más daban vueltas sin poderse dormir. Al final, como sin darse cuenta, se durmieron más temprano que nunca. Sólo quedó despierto el canto de las ranas.

Aquel 6 de enero todos se despertaron muy temprano.

-¡Vinieron los Reyes! ¡Vinieron los Reyes!- gritaban picos y hocicos.

Al lado de cada uno había un regalo. Una pluma roja para la paloma gris. Un higo maduro para el coatí. Una flor de mburucuyá para la iguana. Y así mil cosas para los mil animales.

-¡Vinieron los Reyes! ¡Vinieron los Reyes!- gritaban todos.

¿Todos? Bueno, todos no. En un rincón, tras de un árbol caído, el sapo dormía sin que los ruidos pudiesen sacarlo de su cansancio. Había andado a saltos toda la noche, y ahora soñaba con Reyes Magos montados en sapos, y hablando en sueños decía:


-Ja, si sabrá de Reyes Magos este sapo.

GUSTAVO ROLDAN

EL CAMINO DE LA HORMIGA

El halcón planeaba haciendo círculos en el cielo. En el enorme claro en medio del monte, las hormigas pasaban en una fila que no tenía comienzo ni fin. Iban marcando un camino que daba extrañas vueltas, giraba para aquí o para allá, y volvía a salir derecho hasta perderse en la distancia.
ant-ganjaEl sapo las miraba pasar, inmóvil. Ya tenía los ojos bizcos de tanto mirar.
-¿Qué está haciendo, don sapo? -preguntó el piojo, extrañado de verlo tan quieto y callado.
-Estudiando amigo piojo, estudiando.
-Solamente lo veo mirar hormigas.
-Eso es lo que estoy estudiando: a las hormigas.
-¿Y no se aburre? Mire que si hay un bicho aburrido es la hormiga. Todas iguales… todas iguales…
-¿Iguales? No crea amigo piojo. Eso es lo que estoy estudiando y descubriendo. Y creáme que vale la pena.
-Es lo último que yo haría en mi vida.
-Está bien, ¿pero alguna vez se dio cuenta de que hay hormigas de ojos chicos, de ojos grandes, de patas cortas, de peinado con raya al medio?
-¡Don sapo, no me diga que no son todas iguales!
-Sí le digo. Hay rubias y morochas, gordas y flacas, altas y petisas… Yo las voy contando y calculo cuántas hay de cada clase. Las que más me interesan son las hormigas cantoras.
-¡Rubias y morochas! ¡Altas y con raya al medio! ¡Jamás me hubiera imaginado! ¿Está seguro, don sapo?
-Tan seguro como que dos y dos son cinco.
-Lo que no me convence es que sean cantoras. Jamás las oí cantar.
-Es que cantan despacito, con voz de hormiga.
-¿Y cantan lindo?
-No me gusta hablar mal de nadie, pero me parece que son un poco desorejadas.
-Con razón cantan despacito -dijo el piojo-. Así nadie protesta.
-Pero además hay un misterio que me tiene preocupado. Nunca pude ver cual es la primera hormiga ni cual la última.
-Cierto, don sapo, uno siempre ve un montón que está pasando.
-¡Ya se juntaron de nuevo para hablar tonteras! -protestó la lechuza-. ¡Hormigas cantoras, hormigas con raya al medio! Nunca había escuchado tantas barbaridades.
-Usted no miró bien, doña lechuza, jamás la vi acercarse a una fila de hormigas.
-¿Se cree que estoy loca? Mire si me voy a bajar de mi tronco para mirar esos bichos. Tengo cosas más importantes para ocupar el tiempo.
-A mí me parece que cualquiera es importante –dijo el sapo-. Lo que pasa es que a usted le gustan los bichos famosos.
-¡Bah!, las hormigas son todas iguales. El que vio a una hormiga ya las vio a todas. Por eso me gusta el oso hormiguero, porque se las come y así no andan molestando.
-¿Molestando? ¿En qué la pueden molestar a usted?

-En que día y noche hacen esos horribles caminitos en el pasto. Lo dejan todo rayado. ¡Así no se puede vivir!
-Yo no cero que todas sean iguales.
-Claro que sí. Son todas iguales, como son iguales todos los piojos y todas las pulgas.
El sapo se quedó callado.
Al piojo se le pusieron los pelos de punta.
El silencio comenzó a molestar.
-¿Sabe doña lechuza? -dijo el sapo-, yo escuché que el puma decía que las lechuzas eran todas iguales.
-¡Está loco este puma! Cada lechuza es una cosa única que no se parece a ninguna otra. ¡Cómo va a decir eso el puma! ¡Este mundo está mal de la cabeza!
Y la lechuza, ofendida hasta más no poder, se fue volando hacia la otra punta del monte.
-Don sapo -preguntó el piojo-, ¿es cierto que el puma dijo eso?
-No, don piojo, nunca lo dijo. Uno se queda sin argumentos ante tanta estupidez y una mentira chiquita sirve para terminar la discusión.
Yo también pensaba como la lechuza, pero por suerte me puse a mirar. Fíjese en ésa, don sapo, esa de ojos marrones y raya al medio, la que va llevando al hoja de mburucuyá. ¡Qué fuerza tiene!
Entonces se oyó un aleteo que hizo temblar las hojas de los árboles y el halcón se posó al lado del sapo y el piojo.
-Amigo halcón, tanto tiempo sin verlo -saludó el sapo-. Me alegra muchísimo que haya venido a visitarnos.
-Vine a contarles una cosa linda.
-No hay nada mejor que las buenas noticias –dijo el piojo.
-Y es algo de este lugar.
-¿Sí? Cuente, cuente, a las buenas noticias no hay que hacerlas esperar.
-Ustedes estaban tan distraídos que no me vieron planeando en círculos desde hace larguísimo rato.

-Estábamos ocupados estudiando a las hormigas dijo el sapo.
-Yo estaba haciendo lo mismo –dijo el halcón.
-¿A usted también le interesan las hormigas? -preguntó el piojo.
-Sí, don piojo. Habrá visto que los halcones siempre hacemos grandes círculos en el cielo, y damos vueltas. ¿Nunca se preguntó porqué?
-No. Únicamente envidio y me muero de ganas de hacer lo mismo.
-A los halcones nos gusta planear dando vueltas sólo para ver el camino de las hormigas.
-Eso estábamos haciendo con don sapo.
-Sí, pero ustedes ven un pedacito. Desde el cielo es un bellísimo dibujo, pero tan grande que desde el suelo no se puede ver. Mirando desde arriba uno se sorprende y no entiende cómo pueden hacerlo ni porque lo hacen.
-¡Ojo de halcón! ¡Cómo me gustaría ver esos dibujos!
-¿Le gustaría don piojo?
-Me pongo loco de sólo pensarlo. ¿Pero cómo hago?
-Ya mismo se va a dar el gusto. Vaya saltando a mi cabeza y nos vamos a dar una vuelta. ¿Y usted, don sapo no quiere volar al lado mío?
-Hoy no, estoy un poco cansado. Mejor sigo mirando con ojo de sapo.

EL halcón, con el piojo prendido a las plumas de su cabeza, remontó vuelo, y el sapo se quedó con las hormigas.
Y ahí están todos.
La lechuza volando bajito y murmurando: “No puede ser, no puede ser. Este mundo está loco”.
En el suelo el sapo diciendo:

-¡Añamembuí! ¡Jamás se me hubiera ocurrido cual era el secreto del vuelo de los halcones!
Y por allá arriba, donde apenas llega el canto de los pájaros, el halcón y el piojo vuelan en círculos, sin cansarse de mirar los dibujos del camino de las hormigas.

 GUSTAVO ROLDAN

Poema de Elsa Bornemann

Ay! ¡Qué disparate!
¡Se mató un tomate!
¿Quieren que les cuente?

Se arrojó en la fuente
sobre la ensalada
recién preparada.

Su vestido rojo,
todo descosido,
cayó haciendo arrugas
al mar de lechugas.

Su amigo el zapallo
corrió como un rayo
pidiendo de urgencia
por una asistencia

Vino el doctor Ajo
y remedios trajo.
Llamó a la carrera
a Sal, la enfermera.

Después de secarlo
quisieron salvarlo,
pero no hubo caso:
¡estaba en pedazos!

Preparó el entierro
la agencia “Los Puerros”.
y fue mucha gente...
¿quieren que les cuente?

Llegó muy doliente
Papa, el presidente
del club de Verduras,
para dar lectura
de un “verso al tomate”
(otro disparate)
mientras, de perfil
el gran perejil
hablaba bajito
con un rabanito.

También el laurel
(de luna de miel
con doña nabiza)
regresó de prisa
en su nuevo yate
por ver al tomate.

Acaba la historia:
ocho zanahorias
y un alcaucil viejo
forman el cortejo
con diez berenjenas
de verdes melenas
sobre una carroza
bordada de rosas.

Choclos musiqueros
con negros sombreros
tocaban violines,
quenas y flautines,
y dos ajíes sordos
y espárragos gordos
con negras camisas
cantaron la misa.

El diario “ESPINACA”
la noticia saca.
HOY, QUÉ DISPARATE!
¡SE MATÓ UN TOMATE!

Al leer, la cebolla
llora en su olla.
Una remolacha
se puso borracha.
—¡Me importa un comino!
—dijo don Pepino...
y no habló la acelga

(estaba de huelga).

martes, 4 de agosto de 2015

EN LA LUNA




Si se la ve solamente de noche... ¿cómo se hace para viajar a la Luna de día? - Oliverio tomó asiento. Sacó lo imprescindible de la mochila y la colocó a su costado...

Oprimió el botón de despegue y sintió que todo su cuerpo comenzaba a elevarse. Lentamente. Lentamente, al principio. En pocos minutos, los ruidos y las voces conocidas empezaron a bajar el volumen hasta perderse por completo. Las cosas y las personas fueron disminuyendo su tamaño hasta convertirse en hormigas y, en seguida, desaparecer.   Oliverio abrió la carpeta y anotó: "Despegue sin problemas", "Primer tiempo de vuelo silencioso". Un rayo de luz calentito y amarillo se coló por la ventana. Oliverio giró apenas la cabeza y, ante sus ojos, el espacio infinito llenó completamente su atención. Después de comprobar que no era oscuro, el universo luminoso le permitió divisar los paisajes con lujo de detalles: estrellas apagadas por la luz del día, planetoides blancos alineados sobre un gran espejo verde.
Oliverio anotó en la carpeta: "Las luces del espacio se meten por la ventana", "Algo verde se ve en el frente".
De pronto, el chirrido de una puerta rompió el silencio bruscamente. Antes de reaccionar, Oliverio creyó escuchar un sonido distorsionado diciendo: AQUIESTAELBORRADOR. Una voz lejana metiéndose por alguna ranura de la nave en cámara lenta.
Preocupado, estiró la mano para comprobar que su cápsula estuviera herméticamente cerrada. Y cuando volvió su mirada hacia el frente, una nube de polvo cubría los planetoides blancos. Al cabo de unos segundos, reaparecería la brillante superficie verde del frente.
Oliverio escribió en su carpeta: "Los planetoides desaparecieron tras una nube de polvo".El tiempo se fue volviendo más lento. Más gelatinoso.
Oliverio apretó el botón para acelerar la velocidad de su viaje y una sucesión de imágenes desfiló ante su vista como los cuadros de una película.
Al principio, una suelta de colores desbordó de sus pantallas de control. Planetas con forma de manzanas y alfajores fueron quedando atrás a su paso.Oliverio creyó ver entre el desorden de imágenes otros claros planetoides desparramados sobre el espejo verde del frente. Atravesando una larga extensión cósmica, reconoció a Esteban y a otros cinco compañeros saludándolo desde el espacio infinito. Caminando por la inmensidad del universo. Perdidos y sonrientes como él.
Hasta que una voz se internó como una aguja en sus oídos. —¡Oliverio! —sonó metálicamente.
Asustado por el extraño zumbido, Oliverio aumentó la velocidad y por fin pudo divisar la superficie de la luna. Blanca como la leche. Tan nítidamente la vio ir tomando forma, que, por un momento , tuvo la sensación de que no era él quien se acercaba a la Luna, sino que la luna se arrimaba a él. —¡Oliverio! ¡Oliverio! —volvió a sonar en la nave como si alguien lo llamara desde adentro. Decidido a no interrumpir su travesía a pesar del miedo (porque tenía miedo), Oliverio oprimió el botón de llegada urgentemente.Con cierta emoción comprobó que las rueditas se asomaban por la base de la nave.
—¡Oliverio! —sonó estruendosamente.
Y procedió al alunizaje. Tranquilo, con la suavidad de un bostezo nocturno, para no cometer errores.
Se colocó el casco. Esperó que el motor detuviera su marcha por completo y entonces se puso de pie.
—¡La Luna! —pensó Oliverio-. ¡La Luna! Y la vio toda de blanco con sus cráteres inconfundible, los banderines, los selenitas y las selenitas haciéndole señas de bienvenida.
—¡Oliverio! —sonó casi al borde de su nariz.
Y Oliverio, maravillado, abrió la puerta y, apenas apoyó un pie sobre la superficie, recibió sorprendido el encuentro.
—¿Me puede decir dónde estaba, señor? —preguntó la maestra.
—-En la Luna —respondió Oliverio con toda sinceridad. Y la boca se le quedó un poco abierta.Seguramente por los recuerdos.
—Repita lo que yo estaba explicando —dijo la maestra.
—¿Cómo? —preguntó Oliverio.
—¿Me puede decir dónde estaba "el señor" mientras yo explicaba?
—En la Luna —aseguró Oliverio.
Y entonces la maestra agarró la carpeta y se puso a escribir una nota a los padres.
Cuando Oliverio llegó a su casa, se sentó a comer y...
-¿Qué tal, Oli? ¿Cómo te fue en el colegio? -le preguntó su mamá.
—Me pusieron una mala nota por no prestar atención — respondió.

—¡Pero qué chico! —dijo la mamá—. ¡Siempre en la Luna! —agregó enojada. Pero se quedó dura cuando sin saber ella por qué, Oliverio le dio un beso, un abrazo y le dijo: —No importa mamucha. Por suerte vos me creés.


Autora: Silvia Schujer