El halcón planeaba haciendo círculos en el cielo. En el
enorme claro en medio del monte, las hormigas pasaban en una fila que no tenía
comienzo ni fin. Iban marcando un camino que daba extrañas vueltas, giraba para
aquí o para allá, y volvía a salir derecho hasta perderse en la distancia.
ant-ganjaEl sapo las miraba pasar, inmóvil. Ya tenía los
ojos bizcos de tanto mirar.
-¿Qué está haciendo, don sapo? -preguntó el piojo, extrañado
de verlo tan quieto y callado.
-Estudiando amigo piojo, estudiando.
-Solamente lo veo mirar hormigas.
-Eso es lo que estoy estudiando: a las hormigas.
-¿Y no se aburre? Mire que si hay un bicho aburrido es la
hormiga. Todas iguales… todas iguales…
-¿Iguales? No crea amigo piojo. Eso es lo que estoy
estudiando y descubriendo. Y creáme que vale la pena.
-Es lo último que yo haría en mi vida.
-Está bien, ¿pero alguna vez se dio cuenta de que hay
hormigas de ojos chicos, de ojos grandes, de patas cortas, de peinado con raya
al medio?
-¡Don sapo, no me diga que no son todas iguales!
-Sí le digo. Hay rubias y morochas, gordas y flacas, altas
y petisas… Yo las voy contando y calculo cuántas hay de cada clase. Las que más
me interesan son las hormigas cantoras.
-¡Rubias y morochas! ¡Altas y con raya al medio! ¡Jamás me
hubiera imaginado! ¿Está seguro, don sapo?
-Tan seguro como que dos y dos son cinco.
-Lo que no me convence es que sean cantoras. Jamás las oí
cantar.
-Es que cantan despacito, con voz de hormiga.
-¿Y cantan lindo?
-No me gusta hablar mal de nadie, pero me parece que son un
poco desorejadas.
-Con razón cantan despacito -dijo el piojo-. Así nadie
protesta.
-Pero además hay un misterio que me tiene preocupado. Nunca
pude ver cual es la primera hormiga ni cual la última.
-Cierto, don sapo, uno siempre ve un montón que está
pasando.
-¡Ya se juntaron de nuevo para hablar tonteras! -protestó
la lechuza-. ¡Hormigas cantoras, hormigas con raya al medio! Nunca había
escuchado tantas barbaridades.
-Usted no miró bien, doña lechuza, jamás la vi acercarse a
una fila de hormigas.
-¿Se cree que estoy loca? Mire si me voy a bajar de mi
tronco para mirar esos bichos. Tengo cosas más importantes para ocupar el
tiempo.
-A mí me parece que cualquiera es importante –dijo el
sapo-. Lo que pasa es que a usted le gustan los bichos famosos.
-¡Bah!, las hormigas son todas iguales. El que vio a una
hormiga ya las vio a todas. Por eso me gusta el oso hormiguero, porque se las
come y así no andan molestando.
-¿Molestando? ¿En qué la pueden molestar a usted?
-En que día y noche hacen esos horribles caminitos en el
pasto. Lo dejan todo rayado. ¡Así no se puede vivir!
-Yo no cero que todas sean iguales.
-Claro que sí. Son todas iguales, como son iguales todos
los piojos y todas las pulgas.
El sapo se quedó callado.
Al piojo se le pusieron los pelos de punta.
El silencio comenzó a molestar.
-¿Sabe doña lechuza? -dijo el sapo-, yo escuché que el puma
decía que las lechuzas eran todas iguales.
-¡Está loco este puma! Cada lechuza es una cosa única que
no se parece a ninguna otra. ¡Cómo va a decir eso el puma! ¡Este mundo está mal
de la cabeza!
Y la lechuza, ofendida hasta más no poder, se fue volando
hacia la otra punta del monte.
-Don sapo -preguntó el piojo-, ¿es cierto que el puma dijo
eso?
-No, don piojo, nunca lo dijo. Uno se queda sin argumentos
ante tanta estupidez y una mentira chiquita sirve para terminar la discusión.
Yo también pensaba como la lechuza, pero por suerte me puse
a mirar. Fíjese en ésa, don sapo, esa de ojos marrones y raya al medio, la que
va llevando al hoja de mburucuyá. ¡Qué fuerza tiene!
Entonces se oyó un aleteo que hizo temblar las hojas de los
árboles y el halcón se posó al lado del sapo y el piojo.
-Amigo halcón, tanto tiempo sin verlo -saludó el sapo-. Me alegra
muchísimo que haya venido a visitarnos.
-Vine a contarles una cosa linda.
-No hay nada mejor que las buenas noticias –dijo el piojo.
-Y es algo de este lugar.
-¿Sí? Cuente, cuente, a las buenas noticias no hay que
hacerlas esperar.
-Ustedes estaban tan distraídos que no me vieron planeando
en círculos desde hace larguísimo rato.
-Estábamos ocupados estudiando a las hormigas dijo el sapo.
-Yo estaba haciendo lo mismo –dijo el halcón.
-¿A usted también le interesan las hormigas? -preguntó el
piojo.
-Sí, don piojo. Habrá visto que los halcones siempre
hacemos grandes círculos en el cielo, y damos vueltas. ¿Nunca se preguntó
porqué?
-No. Únicamente envidio y me muero de ganas de hacer lo
mismo.
-A los halcones nos gusta planear dando vueltas sólo para
ver el camino de las hormigas.
-Eso estábamos haciendo con don sapo.
-Sí, pero ustedes ven un pedacito. Desde el cielo es un
bellísimo dibujo, pero tan grande que desde el suelo no se puede ver. Mirando
desde arriba uno se sorprende y no entiende cómo pueden hacerlo ni porque lo
hacen.
-¡Ojo de halcón! ¡Cómo me gustaría ver esos dibujos!
-¿Le gustaría don piojo?
-Me pongo loco de sólo pensarlo. ¿Pero cómo hago?
-Ya mismo se va a dar el gusto. Vaya saltando a mi cabeza y
nos vamos a dar una vuelta. ¿Y usted, don sapo no quiere volar al lado mío?
-Hoy no, estoy un poco cansado. Mejor sigo mirando con ojo
de sapo.
EL halcón, con el piojo prendido a las plumas de su cabeza,
remontó vuelo, y el sapo se quedó con las hormigas.
Y ahí están todos.
La lechuza volando bajito y murmurando: “No puede ser, no
puede ser. Este mundo está loco”.
En el suelo el sapo diciendo:
-¡Añamembuí! ¡Jamás se me hubiera ocurrido cual era el
secreto del vuelo de los halcones!
Y por allá arriba, donde apenas llega el canto de los
pájaros, el halcón y el piojo vuelan en círculos, sin cansarse de mirar los
dibujos del camino de las hormigas.
GUSTAVO ROLDAN