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miércoles, 23 de diciembre de 2015

Había una vez un reno







Había una vez un reno, en un solitario y nevado terreno

Buscando paja y un poco de heno.
Estaba muy solito el pobrecito
y su barriga rugía como un leoncito.

Había caminado por horas y horas
Sin notar que ya había despuntado la aurora
De pronto a lo lejos observa el reno una baya roja
¡Se ve tan jugosa, muy apetitosa!

¡Corre el reno! ¡corre veloz!
No sea que le quite la baya un ave atroz
Llega saltando de contento el reno, casi feroz
Para devorar su merecido almuerzo
Pero ¡oh sorpresa!
La baya roja no es una baya ¡sino una nariz!

¡OUCH! Se oye una voz decir.
¡Hey amigo me vas a dejar una cicatriz!
Nuestro reno se asusta y huye como una perdiz
Pero se da cuenta de que la mordida nariz pertenece a otro reno
Uno muy dulce, tierno y feliz.

Me llamo Rodolfo, dice el reno de la nariz roja
Mientras come unas jugosas hojas
¡eres muy rápido amigo!
Casi tanto como un haz de luz
Nosotros somos ocho renos, pertenecemos todos a Santa Claus
Pero nos hace falta otro reno …
Uno que sea el noveno.

¿Y qué hacen los renos de Santa Claus? -Dice curioso nuestro reno-
¡Ah! ¡llevamos por el mundo su trineo!
Va cargado de regalos para los niños amables y buenos
Les dejamos sus regalos en la víspera de Navidad
Para que por la mañana estén llenos de felicidad.

¡Qué bonito debe ser recorrer el mundo, regalando sonrisas
en una noche mágica llena de risas!
¡Qué bonito debe ser surcar el cielo con otros renos!
¡si, si quiero ser el noveno reno!

Y así se reunieron en una nevada mañana los nueve hermosos renos.
Los renos mágicos de Santa Claus.
Allí estaban Acróbata, Bailarín, Bromista, Relámpago, Alegre, Trueno, Cupido, Rodolfo y por fin el tan esperado noveno reno que llamaron Cometa

Y Cometa ya no estaba solito, ni pobrecito
Ni su barriga rugía como un leoncito
Pues en los establos del mágico pueblo navideño de Santa Claus
Había muchas bayas rojas, bien jugosas y apetitosas.
También había fresco y suave heno
Y a veces hasta caramelos.

Aquella Navidad se vio a los nueve fabulosos renos surcar el cielo
Con todo y trineo
Mientras Santa se reía a todo lo que le daba su barriga
¡jo, jo, jo, jo! Se escuchaba ¡paz en la tierra a los hombres, a los niños y a los renos de buena voluntad!

Fin Por 

Una navidad en el bosque

navidad



Érase una vez un bonito pueblo en medio de un frondoso y colorido bosque habitado por unos alegres animales. Cada año, con la caída de las primeras nieves y la llegada de las estrellas de luz, se reunían en torno al Gran Árbol para preparar la Navidad y conocer una de las noticias más esperadas de la temporada: el nombre del ganador del concurso de teatro, que se encargaría de dirigir la función de Nochebuena.

En aquella época, todas las actividades que realizaban tenían como objetivo la convivencia, el fomento de la amistad y la diversión. La exhibición de cocina, organizada por la Señora Ardilla, hacía las delicias de los más comilones, pues los platos presentados eran degustados al finalizar la competición. Los más pequeños participaban en la tradicional Carrera de Hielo, que tenía lugar en el lago helado y acudían cada tarde a los ensayos de la Señorita Ciervo, la directora del coro que alegraba con sus villancicos todos los rincones del bosque. Y, por supuesto, estaba la mejor noche de todas: la Nochebuena, en la que se representaba la obra ganadora, que seimpre tenía como tema central la amistad.

Cada año, el Señor Búho, como director de la escuela de teatro, seleccionaba una pieza de entre todas las que enviaban los animales aspirantes a ser los elegidos para llenar de paz los corazones de los habitantes del bosque, pero ese año…

-Bienvenidos todos a la reunión preparatoria de la Navidad –dijo el Señor Búho posado en la rama más robusta del Gran Árbol. Este año, la elección de la obra ha estado muy reñida porque todas las propuestas eran de gran calidad, pero había que elegir un ganador. Así que sin más dilación demos un aplauso al Sr. Conejo, autor de la obra Salvemos el bosque, que podremos ver en Nochebuena.

-Gracias, gracias, es un honor para mí –exclamaba Conejo entre vítores y aplausos.

-Bien, pues ya sabéis que mañana a las diez darán comienzo las pruebas de selección de actores. Rogamos puntualidad a los interesados –concluyó el Sr. Búho.

Al día siguiente, a la hora convenida, había una considerable cola a la entrada del teatro. Al ser un musical, las pruebas se centraron en las habilidades de canto y baile, pues eran requisitos imprescindibles. La obra contaba la trama de un guardabosque que debía salvar la flora de un malvado leñador, obsesionado con cortar un árbol milenario y arrasar todo lo que se pusiera en su camino. En su lucha por preservar el entorno natural, el guardabosque contaba con la inestimable ayuda de sus fieles amigas, un girasol y un lirio que ponían su astucia al servicio de la noble causa.

Tras varias horas, los papeles quedaron repartidos de la siguiente manera: el Sr.Oso haría de guardabosque, Castor sería el vil leñador, la Sra. Pata representaría al girasol y la Sra. Lince, al lirio.

Al principio todo marchaba estupendamente, los actores estaban contentos con sus papeles y trabajaban duro para perfeccionar sus actuaciones, dejándose la piel en escena, hasta que hizo su aparición el peor y más temido de los fantasmas: la envidia.

-No sé Conejo, creo que Castor tendría que tener un poco más de protagonismo. El papel del leñador está lleno de matices y podríamos crear unos espectaculares efectos especiales que dejarían al público boquiabierto –dijo el Sr. Búho en uno de los ensayos.

-Sí Búho, puede que tengas razón y deba retocar el texto para darle más peso a Castor y proyectar toda la fuerza del personaje. Podemos hacer un juego de luces y sombras cada vez que aparezca y realzar su papel.

Ante estas palabras Castor se puso muy contento, pues estaba muy ilusionado con la obra, pero Oso no lo vio con los mismos ojos. Si a Castor le daban más protagonismo, eso significaba que él dejaría de ser el protagonista absoluto y eso no le gustó nada. Es más, pensó que Búho y Castor lo estaban haciendo a propósito.

El ensayo del día siguiente fue un caos. En lugar de avanzar, daban pasos hacia atrás. Oso no colaboraba y Castor, que se había dado cuenta de lo que estaba pasando y de que Oso quería boicotear su actuación, estuvo muy arisco.

Por si fuera poco, el vestuario también había sido fuente de conflictos entre las chicas. La Sra. Pata consideraba que el vestido de la Sra. Lince era más llamativo y que debían haberlo echado a suertes.

-No entiendo por qué el traje del lirio tiene que ser más bonito que el del girasol. ¿Quién ha elegido el vestuario? No estoy de acuerdo –chillaba Pata.

La tensión en el escenario se podía cortar y desastre no se hizo esperar. Así, durante el ensayo de la escena final, que reunía a todos los actores en el escenario para interpretar el número final, comenzaron a empujarse unos a otros con tal brío que parte del decorado se rompió y el árbol se vino abajo.

-Orden, orden, pero bueno ¿qué pasa? –preguntó Conejo encolerizado. Habéis echado a perder el trabajo de varios días y de todos los que han colaborado en la puesta en escena. Quedan sólo dos días para Nochebuena, pero si tuviéramos más tiempo os echaría a todos de la obra. Se acabó el ensayo por hoy. Fuera todos de mi vista.

Conejo estaba rabioso, no entendía nada. Pero ¿cómo podían pelearse por una cosa así? Era Navidad, había que estar alegre y demostrar que eran amigos.

Al día siguiente los habitantes se despertaron siendo testigos de un acontecimiento terrible: la nieve había desaparecido y las estrellas de luz se habían apagado. ¿Cómo era posible? Asustados, los animales se congregaron alrededor del Gran Árbol, en busca del sabio consejo del Sr. Búho.

-Queridos habitantes del bosque, el espíritu de la Navidad se ha ido –sentenció Búho.

-¿Y cómo podemos hacer que vuelva? –preguntó asustada la Sra. Ardilla.

-Oh, no, nos vamos a quedar sin Navidad –sollozó un lobezno.

-Hoy es un día muy triste para nuestro bosque. La envidia ha desatado unas reacciones negativas en cadena. La nieve se ha derretido, las estrellas han dejado de lucir y la obra de teatro peligra –advirtió Búho.
Oso estaba escuchando tras un arbusto y tenía miedo a salir porque sabía que era el desencadenante de la situación, pero había que ser valiente y afrontar las consecuencias de los propios actos, así que se decidió a salir, aunque tímidamente.

-Eh, amigo, lo siento mucho. Estoy arrepentido de mi comportamiento. Si hay algún culpable, ése soy yo. Me cegó la envidia. ¿Qué puedo hacer para enmendar mi error?

-No, no tienes por qué cargar con las culpas tú sólo, yo también he contribuido con mi mala conducta. Si sirve de algo yo también lo siento. No quería que pasara esto –se lamentó Castor.

La Sra. Lince se acercó a la Sra. Pata, que estaba con sus patitos muy cerca de ella, y le dijo:

-Si te hace ilusión, te cambio el vestido, me importa más tu amistad que un trozo de tela. Somos amigas y nuestros pequeños juegan juntos –exclamó la Sra. Lince dándole un abrazo a la Sra. Pata.

-¡Mirad, está nevando! –gritó con entusiasmo una voz.

-Sí y parece que en el cielo brillan de nuevo las estrellas. El espíritu de la Navidad ha vuelto –se oyó.

Ese año, la Navidad se vivió con mucha más intensidad en el bosque, al fin y al cabo estuvieron a punto de perderla para siempre. Pero habían aprendido la lección y ahora sabían que la envidia cegaba y tenía unos efectos muy negativos que no se podían controlar.

Los animales habían ahuyentado la Navidad con su conducta, aunque en ellos mismos residía también el poder de resucitar su alma. Así que para que no se les olvidara nunca aquel susto y a partir de ahora prestaran atención a sus comportamientos con los demás, construyeron un gran cartel de madera que colgaron de una de las ramas del Gran Árbol, en el que se podía leer la siguiente inscripción:

«El tesoro más valioso que posees es la amistad, cuídalo todos los días y crecerá».

Fin

Por Helena López C.

Un reno ruidoso

– Buenas noches amiguitos. Descansen bien, mañana será una jornada muy larga – Dijo Papá Noel a sus fieles renos.

Acarició a cada uno su hocico y se fue a dormir

Era la víspera de la víspera de Navidad y los renos tenían que descansar y mucho.
Que duerman bien compañeros – Dijo Blitzen.
Un reno ruidoso– Eso espero, últimamente tengo el sueño liviano – contestó Cupido.


– ¿Probaste con te de tilo? – preguntó Rodolfo, pero ya nadie contestó, todos los renos dormían plácidamente o no tanto…

SONIDO DE RONQUIDO (era Cometa)

– Pero ¿Qué es ese ruido? ¿Quién está serruchando a esta hora de la madrugada? –preguntó molesto Cupido.
– ¿Quién serrucha qué cosa a qué hora? – pregunto más dormido que despierto Cometa.
– Tu que no paras de roncar –Contestaron casi a coro Blitzen, Dancer y Rodolfo.
– ¿Qué yo quéeeeeeeeeee? – preguntó incrédulo Cometa.
– Que estás roncando amigo –Contestó Donner.
– ¡Entonces no era yo el del sueño liviano, eras tu que no me dejabas dormir con tus ronquidos!
– No lo hago a propósito, ni siquiera me doy cuenta –respondió Cometa molesto.
– Bueno muchachos, no hay tiempo para pelear, busquemos la solución – intervino Blitzen
– ¿Y si pruebas respirar por la boca?
Todos los renos se dispusieron a dormir y si bien Cometa hizo lo que su amigo le había sugerido, el resultado fue peor. El sonido se escuchaba aún más. No sólo Cupido, sino todos los renos despertaron.
– ¡Es insoportable! ¡Tienes una orquesta en ese hocico! – Se quejó Cupido.
– ¡Te dije que no lo hago a propósito! No lo puedo evitar, tendrás que ponerte tapones en los oídos si tanto te molesta – Contestó Cometa.
– Duerme entonces con el hocico para abajo, mételo en la nieve y que ella se quede con tu ronquido.
No solamente el ruido continuó, sino que la respiración de Cometa hizo volar nieve por todos lados.
-¿Y si pruebas con ….? –Comenzó a decir Blitzen, cuando fue interrumpido por Donner.
-Basta de pruebas, este pobre reno tiene el hocico tapado, por eso ronca.
– ¿Ven, ven? Ya decía yo que no era culpa mía, menos mal que Donner me entiende ¡venga un abrazo amigo! –Dijo contento Cometa.
– Mejor dejemos el abrazo para cuando tu resfrío pase, deberemos buscar una medicina.
-¿Remedios? ¿Tal vez una inyección? ¿Un jarabe? ¡Nada de eso! Yo me quedo con mi hocico tapado y listo –Vociferó temeroso Cometa.
-Y entonces nadie podrá dormir por tus ronquidos. Mañana debemos conducir el trineo y para eso, debemos estar descansados –Le contestó Donner.
-Voy por la medicina, vuelvo enseguida –Dijo Cupìdo y se fue.
Volvió con un frasquito pequeño de gotas para la nariz.
-Estaba en el botiquín de Papá Noel, esto te va a servir.
-¿Dolerá? –Preguntó Cometa.
-¡Qué reno flojo habías resultado! –Río Blitzer- Mira amigo, tú no tienes la culpa de tener el hocico tapado, pero tus ronquidos no dejan descansar a nadie.
– ¿Y si me ahogo? – Volvió a preguntar temeroso Cometa.
– Puede ser que no te resulte agradable, pero tu responsabilidad es mejorarte, por ti, por todos que debemos descansar y por los niños que deben recibir sus regalos mañana – Dijo suavemente Donner.
– Bueno pero que sea despacito ¿Si? –Suplicó el pobre reno.
– ¿Cuántas gotas habrá que poner? –Preguntó Blitzen.
-¡Con semejante hocico, yo pondría todo el frasco! –Respondió Donner y comenzó a colocar las gotas en el hocico de su amigo.
– ¿Teeeerminoooooooooo? ¿Yaaaaaaaaaa estaaaaaaaaaaaaá? –tartamudeaba Cometa.
– Listo amigo, como nuevo –Respondió Donner – Ahora a dormir todos.
– Me desvelé ¿Alguien me podría cantar una canción de cuna? –Preguntó Cometa.
Se escucha cantar con mucho desgano: -“Duerme Cometa, duérmete ya que vendrá Santa y se enojará”
Finalmente y gracias a las salvadoras gotas para la nariz, los renos pudieron dormir. Llegó la mañana y con ella una lección aprendida. Algunas veces podemos hacer cosas que, sin intención, molestan a otros.
Si comprendemos y buscamos la solución sin enojarnos, sin dudas encontraremos mucho más que un sueño reparador.
Sólo por las dudas, esta vez en el trineo, además de regalos y mucho amor, viajaron algunos frasquitos de gotas para la nariz.


Fin


Un reno ruidoso. Liana Castello, escritora argentina. Cuento de Navidad para Niños

viernes, 7 de agosto de 2015

Noches de reyes a saltos

El sapo andaba atareado y nervioso, revolviendo entre los yuyos y juntando cosas. No tenía tiempo casi ni para saludar.

-Esta noche vienen, ¿eh, don Sapo? -preguntó el coatí.

-Ay, don Sapo, no veo la hora de que lleguen -dijo la paloma.

-No sé si voy a poder dormir esta noche -dijo la iguana.

-Bah -dijo la lechuza-, ése es un sapo mentiroso. Seguro que les anduvo contando el cuento de los Reyes Magos.

-Don Sapo nos dijo que esta noche van a venir con regalos- contestaron el coatí y la paloma.

-¿Sí?- dijo la lechuza-, y también les habrá dicho que vendrán montados en camellos. ¿Me quieren explicar cómo hacen los camellos para cruzar el mar? ¿A que eso no les dijo?

-Claro que sí. Nos contó que había sido un problema, y por eso ahora vienen montados en sapos, que sí saben cruzar el mar. A saltos, claro.

-¿Y para cruzar las montañas? ¿Los sapos saben cruzar las montañas? ¿A que eso no les dijo?

-Sí nos dijo, sí nos dijo. Andan todo el día a los saltos para practicar el cruce de las montañas. Ésa es la forma de cruzarlas, a saltos.

-Bah- dijo la lechuza-, ése sapo es un mentiroso. ¡Miren si los Reyes Magos van a cambiar los camellos por sapos! ¿Alguien los ha visto montados en sapos? ¿A que eso no les dijo?

-Sí nos dijo, claro que sí. Nadie los vio porque los sapos no hacen ruido al saltar y llegan despacito cuando todos están dormidos. Los camellos hacen mucho ruido.

-Bah -dijo la lechuza-, se van a quedar con las ganas porque esta noche no va a venir nadie.

En la noche brillaba una luna redonda y blanca. El coatí, la paloma, el quirquincho y mil animales más daban vueltas sin poderse dormir. Al final, como sin darse cuenta, se durmieron más temprano que nunca. Sólo quedó despierto el canto de las ranas.

Aquel 6 de enero todos se despertaron muy temprano.

-¡Vinieron los Reyes! ¡Vinieron los Reyes!- gritaban picos y hocicos.

Al lado de cada uno había un regalo. Una pluma roja para la paloma gris. Un higo maduro para el coatí. Una flor de mburucuyá para la iguana. Y así mil cosas para los mil animales.

-¡Vinieron los Reyes! ¡Vinieron los Reyes!- gritaban todos.

¿Todos? Bueno, todos no. En un rincón, tras de un árbol caído, el sapo dormía sin que los ruidos pudiesen sacarlo de su cansancio. Había andado a saltos toda la noche, y ahora soñaba con Reyes Magos montados en sapos, y hablando en sueños decía:


-Ja, si sabrá de Reyes Magos este sapo.

GUSTAVO ROLDAN

EL CAMINO DE LA HORMIGA

El halcón planeaba haciendo círculos en el cielo. En el enorme claro en medio del monte, las hormigas pasaban en una fila que no tenía comienzo ni fin. Iban marcando un camino que daba extrañas vueltas, giraba para aquí o para allá, y volvía a salir derecho hasta perderse en la distancia.
ant-ganjaEl sapo las miraba pasar, inmóvil. Ya tenía los ojos bizcos de tanto mirar.
-¿Qué está haciendo, don sapo? -preguntó el piojo, extrañado de verlo tan quieto y callado.
-Estudiando amigo piojo, estudiando.
-Solamente lo veo mirar hormigas.
-Eso es lo que estoy estudiando: a las hormigas.
-¿Y no se aburre? Mire que si hay un bicho aburrido es la hormiga. Todas iguales… todas iguales…
-¿Iguales? No crea amigo piojo. Eso es lo que estoy estudiando y descubriendo. Y creáme que vale la pena.
-Es lo último que yo haría en mi vida.
-Está bien, ¿pero alguna vez se dio cuenta de que hay hormigas de ojos chicos, de ojos grandes, de patas cortas, de peinado con raya al medio?
-¡Don sapo, no me diga que no son todas iguales!
-Sí le digo. Hay rubias y morochas, gordas y flacas, altas y petisas… Yo las voy contando y calculo cuántas hay de cada clase. Las que más me interesan son las hormigas cantoras.
-¡Rubias y morochas! ¡Altas y con raya al medio! ¡Jamás me hubiera imaginado! ¿Está seguro, don sapo?
-Tan seguro como que dos y dos son cinco.
-Lo que no me convence es que sean cantoras. Jamás las oí cantar.
-Es que cantan despacito, con voz de hormiga.
-¿Y cantan lindo?
-No me gusta hablar mal de nadie, pero me parece que son un poco desorejadas.
-Con razón cantan despacito -dijo el piojo-. Así nadie protesta.
-Pero además hay un misterio que me tiene preocupado. Nunca pude ver cual es la primera hormiga ni cual la última.
-Cierto, don sapo, uno siempre ve un montón que está pasando.
-¡Ya se juntaron de nuevo para hablar tonteras! -protestó la lechuza-. ¡Hormigas cantoras, hormigas con raya al medio! Nunca había escuchado tantas barbaridades.
-Usted no miró bien, doña lechuza, jamás la vi acercarse a una fila de hormigas.
-¿Se cree que estoy loca? Mire si me voy a bajar de mi tronco para mirar esos bichos. Tengo cosas más importantes para ocupar el tiempo.
-A mí me parece que cualquiera es importante –dijo el sapo-. Lo que pasa es que a usted le gustan los bichos famosos.
-¡Bah!, las hormigas son todas iguales. El que vio a una hormiga ya las vio a todas. Por eso me gusta el oso hormiguero, porque se las come y así no andan molestando.
-¿Molestando? ¿En qué la pueden molestar a usted?

-En que día y noche hacen esos horribles caminitos en el pasto. Lo dejan todo rayado. ¡Así no se puede vivir!
-Yo no cero que todas sean iguales.
-Claro que sí. Son todas iguales, como son iguales todos los piojos y todas las pulgas.
El sapo se quedó callado.
Al piojo se le pusieron los pelos de punta.
El silencio comenzó a molestar.
-¿Sabe doña lechuza? -dijo el sapo-, yo escuché que el puma decía que las lechuzas eran todas iguales.
-¡Está loco este puma! Cada lechuza es una cosa única que no se parece a ninguna otra. ¡Cómo va a decir eso el puma! ¡Este mundo está mal de la cabeza!
Y la lechuza, ofendida hasta más no poder, se fue volando hacia la otra punta del monte.
-Don sapo -preguntó el piojo-, ¿es cierto que el puma dijo eso?
-No, don piojo, nunca lo dijo. Uno se queda sin argumentos ante tanta estupidez y una mentira chiquita sirve para terminar la discusión.
Yo también pensaba como la lechuza, pero por suerte me puse a mirar. Fíjese en ésa, don sapo, esa de ojos marrones y raya al medio, la que va llevando al hoja de mburucuyá. ¡Qué fuerza tiene!
Entonces se oyó un aleteo que hizo temblar las hojas de los árboles y el halcón se posó al lado del sapo y el piojo.
-Amigo halcón, tanto tiempo sin verlo -saludó el sapo-. Me alegra muchísimo que haya venido a visitarnos.
-Vine a contarles una cosa linda.
-No hay nada mejor que las buenas noticias –dijo el piojo.
-Y es algo de este lugar.
-¿Sí? Cuente, cuente, a las buenas noticias no hay que hacerlas esperar.
-Ustedes estaban tan distraídos que no me vieron planeando en círculos desde hace larguísimo rato.

-Estábamos ocupados estudiando a las hormigas dijo el sapo.
-Yo estaba haciendo lo mismo –dijo el halcón.
-¿A usted también le interesan las hormigas? -preguntó el piojo.
-Sí, don piojo. Habrá visto que los halcones siempre hacemos grandes círculos en el cielo, y damos vueltas. ¿Nunca se preguntó porqué?
-No. Únicamente envidio y me muero de ganas de hacer lo mismo.
-A los halcones nos gusta planear dando vueltas sólo para ver el camino de las hormigas.
-Eso estábamos haciendo con don sapo.
-Sí, pero ustedes ven un pedacito. Desde el cielo es un bellísimo dibujo, pero tan grande que desde el suelo no se puede ver. Mirando desde arriba uno se sorprende y no entiende cómo pueden hacerlo ni porque lo hacen.
-¡Ojo de halcón! ¡Cómo me gustaría ver esos dibujos!
-¿Le gustaría don piojo?
-Me pongo loco de sólo pensarlo. ¿Pero cómo hago?
-Ya mismo se va a dar el gusto. Vaya saltando a mi cabeza y nos vamos a dar una vuelta. ¿Y usted, don sapo no quiere volar al lado mío?
-Hoy no, estoy un poco cansado. Mejor sigo mirando con ojo de sapo.

EL halcón, con el piojo prendido a las plumas de su cabeza, remontó vuelo, y el sapo se quedó con las hormigas.
Y ahí están todos.
La lechuza volando bajito y murmurando: “No puede ser, no puede ser. Este mundo está loco”.
En el suelo el sapo diciendo:

-¡Añamembuí! ¡Jamás se me hubiera ocurrido cual era el secreto del vuelo de los halcones!
Y por allá arriba, donde apenas llega el canto de los pájaros, el halcón y el piojo vuelan en círculos, sin cansarse de mirar los dibujos del camino de las hormigas.

 GUSTAVO ROLDAN

Poema de Elsa Bornemann

Ay! ¡Qué disparate!
¡Se mató un tomate!
¿Quieren que les cuente?

Se arrojó en la fuente
sobre la ensalada
recién preparada.

Su vestido rojo,
todo descosido,
cayó haciendo arrugas
al mar de lechugas.

Su amigo el zapallo
corrió como un rayo
pidiendo de urgencia
por una asistencia

Vino el doctor Ajo
y remedios trajo.
Llamó a la carrera
a Sal, la enfermera.

Después de secarlo
quisieron salvarlo,
pero no hubo caso:
¡estaba en pedazos!

Preparó el entierro
la agencia “Los Puerros”.
y fue mucha gente...
¿quieren que les cuente?

Llegó muy doliente
Papa, el presidente
del club de Verduras,
para dar lectura
de un “verso al tomate”
(otro disparate)
mientras, de perfil
el gran perejil
hablaba bajito
con un rabanito.

También el laurel
(de luna de miel
con doña nabiza)
regresó de prisa
en su nuevo yate
por ver al tomate.

Acaba la historia:
ocho zanahorias
y un alcaucil viejo
forman el cortejo
con diez berenjenas
de verdes melenas
sobre una carroza
bordada de rosas.

Choclos musiqueros
con negros sombreros
tocaban violines,
quenas y flautines,
y dos ajíes sordos
y espárragos gordos
con negras camisas
cantaron la misa.

El diario “ESPINACA”
la noticia saca.
HOY, QUÉ DISPARATE!
¡SE MATÓ UN TOMATE!

Al leer, la cebolla
llora en su olla.
Una remolacha
se puso borracha.
—¡Me importa un comino!
—dijo don Pepino...
y no habló la acelga

(estaba de huelga).

martes, 4 de agosto de 2015

EN LA LUNA




Si se la ve solamente de noche... ¿cómo se hace para viajar a la Luna de día? - Oliverio tomó asiento. Sacó lo imprescindible de la mochila y la colocó a su costado...

Oprimió el botón de despegue y sintió que todo su cuerpo comenzaba a elevarse. Lentamente. Lentamente, al principio. En pocos minutos, los ruidos y las voces conocidas empezaron a bajar el volumen hasta perderse por completo. Las cosas y las personas fueron disminuyendo su tamaño hasta convertirse en hormigas y, en seguida, desaparecer.   Oliverio abrió la carpeta y anotó: "Despegue sin problemas", "Primer tiempo de vuelo silencioso". Un rayo de luz calentito y amarillo se coló por la ventana. Oliverio giró apenas la cabeza y, ante sus ojos, el espacio infinito llenó completamente su atención. Después de comprobar que no era oscuro, el universo luminoso le permitió divisar los paisajes con lujo de detalles: estrellas apagadas por la luz del día, planetoides blancos alineados sobre un gran espejo verde.
Oliverio anotó en la carpeta: "Las luces del espacio se meten por la ventana", "Algo verde se ve en el frente".
De pronto, el chirrido de una puerta rompió el silencio bruscamente. Antes de reaccionar, Oliverio creyó escuchar un sonido distorsionado diciendo: AQUIESTAELBORRADOR. Una voz lejana metiéndose por alguna ranura de la nave en cámara lenta.
Preocupado, estiró la mano para comprobar que su cápsula estuviera herméticamente cerrada. Y cuando volvió su mirada hacia el frente, una nube de polvo cubría los planetoides blancos. Al cabo de unos segundos, reaparecería la brillante superficie verde del frente.
Oliverio escribió en su carpeta: "Los planetoides desaparecieron tras una nube de polvo".El tiempo se fue volviendo más lento. Más gelatinoso.
Oliverio apretó el botón para acelerar la velocidad de su viaje y una sucesión de imágenes desfiló ante su vista como los cuadros de una película.
Al principio, una suelta de colores desbordó de sus pantallas de control. Planetas con forma de manzanas y alfajores fueron quedando atrás a su paso.Oliverio creyó ver entre el desorden de imágenes otros claros planetoides desparramados sobre el espejo verde del frente. Atravesando una larga extensión cósmica, reconoció a Esteban y a otros cinco compañeros saludándolo desde el espacio infinito. Caminando por la inmensidad del universo. Perdidos y sonrientes como él.
Hasta que una voz se internó como una aguja en sus oídos. —¡Oliverio! —sonó metálicamente.
Asustado por el extraño zumbido, Oliverio aumentó la velocidad y por fin pudo divisar la superficie de la luna. Blanca como la leche. Tan nítidamente la vio ir tomando forma, que, por un momento , tuvo la sensación de que no era él quien se acercaba a la Luna, sino que la luna se arrimaba a él. —¡Oliverio! ¡Oliverio! —volvió a sonar en la nave como si alguien lo llamara desde adentro. Decidido a no interrumpir su travesía a pesar del miedo (porque tenía miedo), Oliverio oprimió el botón de llegada urgentemente.Con cierta emoción comprobó que las rueditas se asomaban por la base de la nave.
—¡Oliverio! —sonó estruendosamente.
Y procedió al alunizaje. Tranquilo, con la suavidad de un bostezo nocturno, para no cometer errores.
Se colocó el casco. Esperó que el motor detuviera su marcha por completo y entonces se puso de pie.
—¡La Luna! —pensó Oliverio-. ¡La Luna! Y la vio toda de blanco con sus cráteres inconfundible, los banderines, los selenitas y las selenitas haciéndole señas de bienvenida.
—¡Oliverio! —sonó casi al borde de su nariz.
Y Oliverio, maravillado, abrió la puerta y, apenas apoyó un pie sobre la superficie, recibió sorprendido el encuentro.
—¿Me puede decir dónde estaba, señor? —preguntó la maestra.
—-En la Luna —respondió Oliverio con toda sinceridad. Y la boca se le quedó un poco abierta.Seguramente por los recuerdos.
—Repita lo que yo estaba explicando —dijo la maestra.
—¿Cómo? —preguntó Oliverio.
—¿Me puede decir dónde estaba "el señor" mientras yo explicaba?
—En la Luna —aseguró Oliverio.
Y entonces la maestra agarró la carpeta y se puso a escribir una nota a los padres.
Cuando Oliverio llegó a su casa, se sentó a comer y...
-¿Qué tal, Oli? ¿Cómo te fue en el colegio? -le preguntó su mamá.
—Me pusieron una mala nota por no prestar atención — respondió.

—¡Pero qué chico! —dijo la mamá—. ¡Siempre en la Luna! —agregó enojada. Pero se quedó dura cuando sin saber ella por qué, Oliverio le dio un beso, un abrazo y le dijo: —No importa mamucha. Por suerte vos me creés.


Autora: Silvia Schujer

martes, 21 de julio de 2015

EL VUELO DEL SAPO

                                                                                                                       El yacaré abrió la boca como para tragar toda el agua del río.

El coatí se quedó con una pata en el aire, a medio dar un paso. El piojo, la pulga y el bicho colorado, arriba de la cabeza del ñandú, se miraron sin decir nada. Pero abriendo muy grandes los ojos.

El yaguareté, que estaba a punto de rugir con el rugido negro, ese que hace que deje de llover, se lo tragó y apenas fue un suspiro.

El sapo dio dos saltos para el lado del río, mirando hacia donde iba bajando el sol, y dijo:
–Y ahora mismo me voy a dar el gusto.

–¿Está por volar? –preguntó el piojo.

–Los gustos hay que dárselos en vida, amigo piojo. Y hacía mucho que no tenía tantas ganas de volar.

Un pichón de pájaro carpintero se asomó desde un hueco del jacarandá:
–Don sapo, ¿es lindo volar? Yo estoy esperando que me crezcan las plumas y tengo unas ganas que no doy más. ¿Usted me podría enseñar?

–Va a ser un gusto para mí. Y mejor si lo hacemos juntos con tu papá, que es el mejor volador.

–Sí, mi papá vuela muy lindo. Me gusta verlo volar. Y picotear los troncos. Cuando sea grande quiero volar como él, y como usted, don sapo.

El piojo miraba y comenzaba a entender.
El yacaré seguía con la boca abierta.
El tordo y la calandria se miraron y decidieron que era hora de intervenir.

–Don sapo –dijo el tordo–, ¿se acuerda de cuando jugamos a quién vuela más alto?

–Ustedes me ganaron –dijo la calandria– porque me distraje cantando una hermosa canción, pero otro día podemos jugar de nuevo.

–Cuando quiera –dijo el sapo–, jugando todos estamos contentos, y no importa quién gane. Lo importante es volar.

–Yo también –se oyó una voz que venía llegando–, yo también quiero volar con ustedes.

–Amigo tatú –saludó el sapo–, qué buena idea.

–Pero no se olvide de que no me gusta volar de noche. Usted sabe que no veo bien en la oscuridad.

–Le prometo que jamás volaremos de noche –dijo el sapo.

La pata del coatí ya parecía tocar un tambor del ruido que hacía subiendo y bajando.

El yacaré cerró los ojos pero siguió con la boca abierta.

Los ojos de la pulga y el bicho colorado eran como una cueva de soledad. Cada vez entendían menos.

El sapo sonrió aliviado.

El tordo y la calandria le habían dado los mejores argumentos de la historia, y ahora el tatú le traía la solución final, ya que el sol se acercaba a la punta del río.

–¿Se acuerda, amigo sapo –siguió el tatú–, cuando volábamos para provocarlo al puma y después escapar?

–¿Así fue? Yo había pensado que el puma era el que escapaba.

–No exageremos, van a pensar que somos unos mentirosos.

–¡Y qué otra cosa se puede pensar! –dijo la lechuza, que había estado escuchando todo.

–Gracias –dijo el sapo en voz baja, como para que lo escucharan solamente sus patas.
Eso era lo que estaba esperando. Alguien con quien discutir y hacer pasar el tiempo.

–En todo el monte chaqueño no hay mentirosos más grandes –siguió la lechuza–. Y ustedes, bichos ignorantes, no les sigan el juego a estos dos.

–¿Cuándo dije una mentira? –preguntó el sapo.

–¿Quiere que hable? ¿Quiere que le diga?

–Hable nomás –dijo el sapo, contento porque la lechuza lo estaba ayudando a salir del aprieto.

–Mintió cuando dijo que los sapos hicieron el arco iris. Mintió cuando dijo que hicieron los mares y las montañas. Cuando dijo que la tierra era plana. Cuando dijo que los puntos cardinales eran siete. Cuando dijo que era domador de tigres. ¿Quiere más? ¿No le alcanza con esto? –Me sorprende su buena memoria, doña lechuza. Ni yo me acordaba de esas historias.

–Y yo me acuerdo de otra historia, don sapo, esa de cuando usted inventó el lazo atando un montón de víboras –dijo el piojo.

–Otra mentira más grande todavía –rezongó la lechuza–, miren si un sapo va a vencer a un montón de víboras.

Los ojitos del piojo brillaron de picardía.

–Pero yo lo vi. Era una tarde en que el sol quemaba la tierra y las lagartijas caminaban en puntas de pie. Yo vi todo desde la cabeza del ñandú, ahí arriba, de donde se ve más lejos.

–Piojito, sos tan mentiroso como el sapo y nadie te va a creer. Es mejor que se vayan de este monte ya mismo. Y que no vuelvan nunca más.

–Ahora que me acuerdo, yo sé un poema que aprendí dando la vuelta al mundo –dijo el bicho colorado–. Dice así:

De los bichos que vuelan
Me gusta el sapo
porque es alto y bajito
gordito y flaco

–¡Qué hermoso poema! –dijo el pichón de pájaro carpintero–.
Cuando sea grande yo quiero hacer poemas tan hermosos como ése.

–Doña Lechuza –dijo la pulga–, estas acusaciones son muy graves y tenemos que darles una solución.

–Hay que decidir si el sapo es un mentiroso o un buen contador de cuentos –propuso el yacaré.

–Eso es muy fácil –opinó el coatí–, los que crean que el sapo es mentiroso digan sí. Los que crean que no es mentiroso digan
no. Y listo.

–Y si se decide que es un mentiroso se tiene que ir de este monte –dijo la lechuza.

–Claro –opinó la pulga–. Si es un mentiroso se tiene que ir.

–Aquí no queremos mentirosos –dijo el yacaré.

–Yo mismo me encargaré de echar al que diga mentiras. O lo trago de un solo bocado –dijo el yaguareté.

–Eso sí que no –protestó el yacaré–. Tragarlo de un solo bocado es trabajo mío.

–Dejen que le clave los colmillos –dijo el puma, que recién llegaba–.
Odio a los mentirosos.

–Bueno –dijo la lechuza–, los que opinen que el sapo es un mentiroso, ya mismo digan "sí".

En el monte se hizo un silencio como para oír el suspiro de una mariposa.

Después se oyó un SÍ, fuerte, claro, terminante y arrasador. Un SÍ como para hacer temblar a todos los árboles del monte.

Pero uno solo.

La lechuza giro la cabeza para aquí y para allá. Pero el SÍ terminante y arrasador seguía siendo uno solo. El de ella.

Y entonces oyó un NO del yacaré, del piojo, de la pulga, del puma, de todos los pájaros, del yaguareté y de mil animales más.

El NO se oyó como un rugido, como una música, como un viento, como el perfume de las flores y el temblor de las alas de las mariposas.

Era un NO salvaje que hacía mover las hojas de los árboles y formaba olas enloquecidas en el río.

La cabeza de la lechuza seguía girando para un lado y para el otro. Había creído que esta vez iba a ganarle al sapo, y de golpe todos sus planes se escapaban como un palito por el río. Pero rápidamente se dio cuenta de que todavía tenía una oportunidad. Y no había que desperdiciarla. Ahora sí que lo tenía agarrado: el sapo había dicho que iba a volar.

Mientras tanto, todos los animales festejaban el triunfo del sapo a los gritos. Tanto gritaron que apenas se oyó el chasquido que hizo el sol cuando se zambulló en la punta del río. Pero el tatú, que estaba atento, dijo:

–¡Qué mala suerte! ¡Qué mala suerte! Se nos hizo de noche y ahora no podremos volar.

–Yo tampoco quiero volar de noche –dijo el tordo–. A los tordos no nos gusta volar en la oscuridad.

–Los cardenales tampoco volamos de noche –dijo el cardenal.

–De noche solamente vuelan las lechuzas y los murciélagos –dijeron los pájaros.

–Será otro día, don sapo –cantó la calandria–. Lo siento mucho, pero no fue culpa nuestra. Esa lechuza nos hizo perder tiempo con sus tonteras. ¿Usted no se ofende?

El sapo miró a la lechuza, que seguía girando la cabeza para un lado y para el otro, sin saber qué decir. Después miró a la calandria, y dijo:


–Siempre hay bichos que atraen la mala suerte. Pero no importa, ya que no podemos volar, ¿qué les parece si les cuento la historia de cuando viajé hasta donde cae el sol y se apaga en el río?

Gustavo Roldán (Escritor Argentino)

Un hadita con plumas


Hay un hada conocida, quien de muchos es amiga

Dicen que tiene una pluma, que es de una gran ayuda

A poetas y escritores, les hace grandes favores

Cuentos cortos, cuentos largos, el hadita va ayudando

A que salgan muy bonitos, sean largos o cortitos

Si una idea no aparece, su varita ella mece

Y va cayendo muy lento, el encanto de algún cuento

O de un poema de amor, y hasta historias de terror

La magia de su varita, o en realidad su plumita

Es etérea e invisible, pero por demás sensible

Sólo la ve el corazón, no la entiende la razón

Y va construyendo un puente, que sólo el alma siente

entre curiosos lectores y afanosos escritores

Los une con su plumita, pequeña pero infinita

Y los hace conocer el gran placer de leer

Ella sabe de aventuras, de amores y de locuras

De brujas, de otras hadas y princesas encantadas

De bosques maravillosos y príncipes amorosos

Dicen que sin su presencia, sólo valdría la ciencia

¡Qué tristeza que sería, la vida sin poesía!

O sin un cuento infantil, a la hora de dormir

Pero me quedo tranquila, porque el hadita vigila

Que no falte inspiración, casi en ningún corazón

Y que siempre haya una historia que nos quede en la memoria

No descansa suficiente, pero ella no lo siente

¡Un hada trabajadora, es la musa inspiradora!


                            Fin
Liana Castello, escritora argentina. Cuentos infantiles con rima

¿Cómo abrazan los osos?

Busqué en mis libros de cuentos y encontré muchas historias de osos, pero en ninguna explicaban cómo son sus abrazos.

Fui al zoológico, dispuesto a observar y aprender, pero no vi ni un solo oso que se abrazara con otro.

¿Cómo abrazan los osos entonces?

Miré documentales de animales y aprendí mucho, pero nada acerca de abrazos.

Se lo pregunté a mi maestra. Pensó que le estaba haciendo una broma. Me sonrió, pero no me respondió.

Y entonces, decidí preguntarle a mi papá.

El también sonrió, como mi maestra, y sin decir una sola palabra, me dio la respuesta.

Abrió sus brazos, grandes, fuertes y rodeó todo mi cuerpo en forma suave, pero firme.

Y entonces entendí:

Ese abrazo era calentito y suave como mi osito de peluche.

Grande y fuerte como los osos de verdad.

Tierno como las ilustraciones de mis cuentos de osos.

Protector como una mamá osa con sus oseznos.

Y ahí entendí también que yo, aún siendo pequeño, puedo dar abrazos de oso.

Sólo necesito amor, mucho amor y por supuesto, alguien a quien a abrazar.


Fin
                           como abrazan los osos
Liana Castelloescritora argentina. Cuento infantil sobre dudas infantiles.