El coatí se quedó con una pata en el aire, a medio dar un
paso. El piojo, la pulga y el bicho colorado, arriba de la cabeza del ñandú, se
miraron sin decir nada. Pero abriendo muy grandes los ojos.
El yaguareté, que estaba a punto de rugir con el rugido negro,
ese que hace que deje de llover, se lo tragó y apenas fue un suspiro.
El sapo dio dos saltos para el lado del río, mirando hacia
donde iba bajando el sol, y dijo:
–Y ahora mismo me voy a dar el gusto.
–¿Está por volar? –preguntó el piojo.
–Los gustos hay que dárselos en vida, amigo piojo. Y hacía
mucho que no tenía tantas ganas de volar.
Un pichón de pájaro carpintero se asomó desde un hueco del
jacarandá:
–Don sapo, ¿es lindo volar? Yo estoy esperando que me crezcan
las plumas y tengo unas ganas que no doy más. ¿Usted me podría enseñar?
–Va a ser un gusto para mí. Y mejor si lo hacemos juntos con
tu papá, que es el mejor volador.
–Sí, mi papá vuela muy lindo. Me gusta verlo volar. Y picotear
los troncos. Cuando sea grande quiero volar como él, y como usted, don sapo.
El piojo miraba y comenzaba a entender.
El yacaré seguía con la boca abierta.
El tordo y la calandria se miraron y decidieron que era hora
de intervenir.
–Don sapo –dijo el tordo–, ¿se acuerda de cuando jugamos a
quién vuela más alto?
–Ustedes me ganaron –dijo la calandria– porque me distraje
cantando una hermosa canción, pero otro día podemos jugar de nuevo.
–Cuando quiera –dijo el sapo–, jugando todos estamos
contentos, y no importa quién gane. Lo importante es volar.
–Yo también –se oyó una voz que venía llegando–, yo también
quiero volar con ustedes.
–Amigo tatú –saludó el sapo–, qué buena idea.
–Pero no se olvide de que no me gusta volar de noche. Usted
sabe que no veo bien en la oscuridad.
–Le prometo que jamás volaremos de noche –dijo el sapo.
La pata del coatí ya parecía tocar un tambor del ruido que
hacía subiendo y bajando.
El yacaré cerró los ojos pero siguió con la boca abierta.
Los ojos de la pulga y el bicho colorado eran como una cueva
de soledad. Cada vez entendían menos.
El sapo sonrió aliviado.
El tordo y la calandria le habían dado los mejores argumentos
de la historia, y ahora el tatú le traía la solución final, ya que el sol se acercaba
a la punta del río.
–¿Se acuerda, amigo sapo –siguió el tatú–, cuando volábamos
para provocarlo al puma y después escapar?
–¿Así fue? Yo había pensado que el puma era el que escapaba.
–No exageremos, van a pensar que somos unos mentirosos.
–¡Y qué otra cosa se puede pensar! –dijo la lechuza, que había
estado escuchando todo.
–Gracias –dijo el sapo en voz baja, como para que lo
escucharan solamente sus patas.
Eso era lo que estaba esperando. Alguien con quien discutir y
hacer pasar el tiempo.
–En todo el monte chaqueño no hay mentirosos más grandes
–siguió la lechuza–. Y ustedes, bichos ignorantes, no les sigan el juego a
estos dos.
–¿Cuándo dije una mentira? –preguntó el sapo.
–¿Quiere que hable? ¿Quiere que le diga?
–Hable nomás –dijo el sapo, contento porque la lechuza lo
estaba ayudando a salir del aprieto.
–Mintió cuando dijo que los sapos hicieron el arco iris.
Mintió cuando dijo que hicieron los mares y las montañas. Cuando dijo que la
tierra era plana. Cuando dijo que los puntos cardinales eran siete. Cuando dijo
que era domador de tigres. ¿Quiere más? ¿No le alcanza con esto? –Me sorprende su buena memoria,
doña lechuza. Ni yo me acordaba de esas historias.
–Y yo me acuerdo de otra historia, don sapo, esa de cuando
usted inventó el lazo atando un montón de víboras –dijo el piojo.
–Otra mentira más grande todavía –rezongó la lechuza–, miren
si un sapo va a vencer a un montón de víboras.
Los ojitos del piojo brillaron de picardía.
–Pero yo lo vi. Era una tarde en que el sol quemaba la tierra
y las lagartijas caminaban en puntas de pie. Yo vi todo desde la cabeza del
ñandú, ahí arriba, de donde se ve más lejos.
–Piojito, sos tan mentiroso como el sapo y nadie te va a
creer. Es mejor que se vayan de este monte ya mismo. Y que no vuelvan nunca
más.
–Ahora que me acuerdo, yo sé un poema que aprendí dando la
vuelta al mundo –dijo el bicho colorado–. Dice así:
De los bichos que vuelan
Me gusta el sapo
porque es alto y bajito
gordito y flaco
–¡Qué hermoso poema! –dijo el pichón de pájaro carpintero–.
Cuando sea grande yo quiero hacer poemas tan hermosos como
ése.
–Doña Lechuza –dijo la pulga–, estas acusaciones son muy
graves y tenemos que darles una solución.
–Hay que decidir si el sapo es un mentiroso o un buen contador
de cuentos –propuso el yacaré.
–Eso es muy fácil –opinó el coatí–, los que crean que el sapo
es mentiroso digan sí. Los que crean que no es mentiroso digan
no. Y listo.
–Y si se decide que es un mentiroso se tiene que ir de este
monte –dijo la lechuza.
–Claro –opinó la pulga–. Si es un mentiroso se tiene que ir.
–Aquí no queremos mentirosos –dijo el yacaré.
–Yo mismo me encargaré de echar al que diga mentiras. O lo
trago de un solo bocado –dijo el yaguareté.
–Eso sí que no –protestó el yacaré–. Tragarlo de un solo
bocado es trabajo mío.
–Dejen que le clave los colmillos –dijo el puma, que recién
llegaba–.
Odio a los mentirosos.
–Bueno –dijo la lechuza–, los que opinen que el sapo es un
mentiroso, ya mismo digan "sí".
En el monte se hizo un silencio como para oír el suspiro de
una mariposa.
Después se oyó un SÍ, fuerte, claro, terminante y arrasador.
Un SÍ como para hacer temblar a todos los árboles del monte.
Pero uno solo.
La lechuza giro la cabeza para aquí y para allá. Pero el SÍ
terminante y arrasador seguía siendo uno solo. El de ella.
Y entonces oyó un NO del yacaré, del piojo, de la pulga, del
puma, de todos los pájaros, del yaguareté y de mil animales más.
El NO se oyó como un rugido, como una música, como un viento,
como el perfume de las flores y el temblor de las alas de las mariposas.
Era un NO salvaje que hacía mover las hojas de los árboles y
formaba olas enloquecidas en el río.
La cabeza de la lechuza seguía girando para un lado y para el
otro. Había creído que esta vez iba a ganarle al sapo, y de golpe todos sus
planes se escapaban como un palito por el río. Pero rápidamente se dio cuenta
de que todavía tenía una oportunidad. Y no había que desperdiciarla. Ahora sí
que lo tenía agarrado: el sapo había dicho que iba a volar.
Mientras tanto, todos los animales festejaban el triunfo del
sapo a los gritos. Tanto gritaron que apenas se oyó el chasquido que hizo el
sol cuando se zambulló en la punta del río. Pero el tatú, que estaba atento,
dijo:
–¡Qué mala suerte! ¡Qué mala suerte! Se nos hizo de noche y
ahora no podremos volar.
–Yo tampoco quiero volar de noche –dijo el tordo–. A los
tordos no nos gusta volar en la oscuridad.
–Los cardenales tampoco volamos de noche –dijo el cardenal.
–De noche solamente vuelan las lechuzas y los murciélagos
–dijeron los pájaros.
–Será otro día, don sapo –cantó la calandria–. Lo siento
mucho, pero no fue culpa nuestra. Esa lechuza nos hizo perder tiempo con sus
tonteras. ¿Usted no se ofende?
El sapo miró a la lechuza, que seguía girando la cabeza para
un lado y para el otro, sin saber qué decir. Después miró a la calandria, y
dijo:
–Siempre hay bichos que atraen la mala suerte. Pero no
importa, ya que no podemos volar, ¿qué les parece si les cuento la historia de
cuando viajé hasta donde cae el sol y se apaga en el río?